La violencia de género constituye una de las expresiones más graves de vulneración de derechos humanos y afecta de manera directa la vida, la salud y la integridad de las víctimas. Frecuentemente, el agresor es hombre y la víctima es mujer en relaciones heterosexuales. Cuando esta violencia culmina en un acto tan grave como el homicidio, a menudo se buscan justificaciones para atenuar la responsabilidad del agresor, y una de las figuras que podría invocarse es la de la "emoción violenta". Sin embargo, es crucial comprender que la violencia de género, especialmente en el contexto del ciclo de la violencia, presenta características fundamentales que la distinguen radicalmente de una "emoción violenta", impidiendo que esta sea una justificación válida. Este artículo busca desglosar estas diferencias para ofrecer herramientas conceptuales que las diferencian claramente.

El ciclo de la violencia

La violencia de género opera por ciclos, un concepto investigado por Lenore E. Walker y recogido en su obra The Battered Woman. Este ciclo se compone de tres fases:

  1. Acumulación de tensión: esta fase es la más difícil de identificar y se caracteriza principalmente por la violencia psicológica. El agresor muestra creciente irritabilidad, intolerancia y frustración, manifestándose a través de insultos, aislamiento, críticas, humillaciones, celos, entre otras formas de maltrato. La víctima suele justificar la conducta agresiva con frases como "yo lo provoqué" o "me cela porque me quiere". En este contexto, busca evitar lo que cree que puede desatar el enojo y siente culpa por los actos del agresor.
  2. Estallido de violencia: es el resultado de la tensión acumulada, donde se pierde toda posibilidad de comunicación y el agresor descarga sus tensiones. Aparece la violencia física y sexual, incluyendo golpes, lanzamiento de objetos, peleas, rechazo o escenas públicas. El maltratador siente alivio al descargar su agresividad.
  3. Luna de miel: tras el episodio, el agresor se muestra arrepentido, no por el hecho de haber sido violento, sino por haberse "excedido". Pide disculpas y promete que el incidente no volverá a ocurrir, mostrándose amable y cariñoso. La mujer tiende a creer en este propósito de corrección.

Un aspecto crucial es que, tras varias repeticiones del ciclo, la fase de reconciliación tiende a desaparecer, pasando directamente de la acumulación de tensión al estallido de violencia. Las agresiones se vuelven más frecuentes y severas, y la víctima desarrolla sentimientos de culpa, vergüenza y una fuerte dificultad para romper con la dinámica. La violencia es, en este marco, una conducta aprendida.

La violencia de género no es un hecho súbito ni aislado, sino que responde a este ciclo progresivo compuesto por acumulación de tensión, estallido de violencia y aparente reconciliación. Este patrón se repite y escala en gravedad con el tiempo. La previsibilidad y reiteración que lo caracterizan desmienten de raíz la idea de un “arranque momentáneo” propio de la emoción violenta.

Aquí es donde el rol de las pericias psicológicas se vuelve indispensable: el juez necesita del auxilio de especialistas para comprender fenómenos que no pertenecen a su campo de formación. Ignorar esta necesidad o dejarla librada a pericias de parte sesgadas, implica un error judicial de enorme impacto que revictimiza a quienes sufren violencia y reduce la responsabilidad de los agresores.

El perfil del agresor

Los hombres violentos suelen carecer de recursos para resolver conflictos de manera pacífica. Consideran que su papel es el de "jefe de la familia" y que la mujer e hijos deben ser obedientes y sumisos. Ante la frustración o el desacuerdo, recurren al grito, la humillación y la agresión como vía de control.

Algunas características comunes:

  • Alteraciones en el manejo de la ira e impulsividad.
  • Necesidad de control y dominio de la pareja.
  • Distorsiones cognitivas sobre roles de género y justificación de la violencia.
  • Escasas habilidades sociales y de resolución de problemas.
  • Estrategias de evasión de responsabilidad (negación, minimización, culpabilización de la víctima).
  • Baja autoestima y percepción distorsionada de las situaciones.
  • Conducta aprendida, frecuentemente por haber sido testigos o víctimas de violencia en su infancia.
  • En algunos casos, presencia de rasgos psicopatológicos o consumo de sustancias, sin que ello implique eximirlos de responsabilidad.

Estas características evidencian que la violencia ejercida es una conducta intencional y sostenida, no una reacción irrefrenable.

¿Por qué la violencia de género no es "emoción violenta"?

La comparación evidencia contrastes irreconciliables:

  • La violencia de género responde a un patrón previsible, mientras que la emoción violenta es un episodio repentino.
  • En la primera predomina la búsqueda de control y poder; en la segunda, la pérdida súbita de control.
  • El maltrato es una conducta aprendida y justificada, mientras que la emoción violenta es una reacción automática y desorganizada.
  • El arrepentimiento del agresor en el ciclo de violencia es estratégico, a diferencia de la confusión que suele acompañar un episodio de emoción violenta.

Encubrir homicidios en contextos de violencia de género bajo esta figura legal es desconocer la realidad y atentar contra la justicia.

La violencia de género es un fenómeno complejo, arraigado en desigualdades estructurales y distorsiones cognitivas, que se manifiesta en un ciclo de abuso progresivo. Intentar encuadrar un homicidio de estas características dentro de la figura de la "emoción violenta" constituye una tergiversación peligrosa, que desconoce la dinámica propia de la violencia de género.

Pericias psicológicas de oficio: una herramienta imprescindible

En este escenario, resulta imprescindible que el Poder Judicial de Santa Fe incorpore pericias psicológicas de oficio, imparciales y realizadas con rigor científico. Estas evaluaciones permiten conocer en profundidad las características de personalidad tanto de los presuntos agresores como el daño psíquico en las víctimas, analizar la historia personal, familiar y social de los involucrados para contextualizar el hecho, detectar patrones de maltrato previos que desmienten la idea de un acto aislado y diferenciar entre una reacción emocional transitoria y una conducta aprendida y sostenida.

Solicitadas de oficio, estas pericias aportan objetividad, rigor científico y transparencia, evitando que la interpretación quede sesgada por la estrategia de una de las partes. Constituyen, además, una herramienta fundamental para proteger a las víctimas, visibilizar el ciclo de maltrato y garantizar que los agresores enfrenten las consecuencias de sus actos sin atenuantes que no corresponden.

La violencia de género no puede ser reducida ni confundida con la emoción violenta. Hacerlo es minimizar un fenómeno estructural y perpetuar la impunidad.

La incorporación sistemática de pericias psicológicas de oficio en el ámbito judicial de Santa Fe no es solo una herramienta técnica: es un imperativo ético y jurídico.

Su ausencia implica fallos sesgados, revictimización y un grave retroceso en la lucha contra la violencia de género.

Un sistema de justicia que aspira a ser justo y protector de derechos no puede prescindir de este recurso especializado, porque cada vez que se omite, se corre el riesgo de transformar la violencia estructural en un mero arrebato pasional, invisibilizando el verdadero problema.