La investigación de los femicidios suele comenzar con una escena, un cuerpo, una disposición determinada de los objetos, un vínculo previo, lesiones, silencios, mensajes, amenazas que parecían “menores”, miedos que nadie dimensionó a tiempo.

Sin embargo, muchas veces lo más importante no aparece dicho de manera explícita. Y es allí donde el análisis psicológico y criminológico adquiere un valor fundamental.

El Protocolo UFEM

El Protocolo para la Investigación y Litigio de Casos de Muertes Violentas de Mujeres (Femicidios) de la UFEM constituye una herramienta más para comprender la violencia femicida desde una perspectiva integral, compleja y libre de estereotipos.

Es de importancia comprender estos hechos no solo desde lo jurídico o procesal, sino también en proponer un cambio profundo en la manera de leer los hechos, desde una perspectiva psicológica. Lo cual, ayuda a abandonar interpretaciones fragmentadas y lineales para comenzar a observar dinámicas relacionales, contextos de dominación, vulnerabilidades y formas de violencia que históricamente fueron minimizadas, naturalizadas o invisibilizadas.

En muchos casos, el femicidio no se comprende únicamente observando la lesión mortal. Se comprende analizando el vínculo.

La violencia no comienza con la muerte

Uno de los mayores aportes del Protocolo UFEM es precisamente señalar que la violencia de género no se limita al momento del ataque letal. Por el contrario, suele existir previamente una trama de control, sometimiento, hostigamiento y cosificación que va construyendo progresivamente una relación desigual de poder.

La violencia psicológica ocupa aquí un lugar central: amenazas, vigilancia constante, manipulación emocional, exigencias de obediencia, control económico, humillaciones, persecución, coerción verbal o utilización del miedo como mecanismo de sometimiento son algunas de las modalidades descriptas expresamente por el Protocolo.

Muchas veces estas conductas son interpretadas socialmente como “celos”, “conflictos de pareja” o “relaciones tormentosas”. Sin embargo, desde la psicología forense, dichas dinámicas suelen revelar algo mucho más profundo: una lógica de posesión.

La mujer deja de ser percibida por el agresor como un sujeto autónomo para transformarse en un objeto sobre el cual ejercer dominio, disponibilidad y control.

Y cuando esa autonomía aparece —cuando la mujer decide terminar el vínculo, rechazar al agresor, recuperar espacios personales o escapar de la dinámica de sometimiento— la violencia puede intensificarse drásticamente.

En este sentido, numerosos femicidios no responden a impulsos repentinos o desorganizados, sino a la vivencia subjetiva del agresor de pérdida de control sobre aquello que considera propio.

El cuerpo como escenario de poder

La psicología aplicada a la investigación criminal permite además comprender que la modalidad de agresión no es aleatoria.

El modo en que se ejerce la violencia comunica algo: la elección de determinadas zonas corporales, el uso excesivo de fuerza, la multiplicidad de mecanismos agresivos, la exposición del cuerpo, las lesiones desorganizadas o el denominado overkill —violencia que excede ampliamente la necesaria para causar la muerte— constituyen elementos altamente significativos desde el punto de vista criminológico.

El cuerpo puede transformarse en el lugar donde el agresor intenta inscribir dominio, castigo, humillación o destrucción subjetiva.

Por eso, limitar el análisis únicamente a la mecánica de la muerte resulta insuficiente.

El femicidio no siempre expresa solamente intención de matar. En ocasiones expresa necesidad de someter, otras veces expresa castigo, en muchos casos expresa posesión. Y, en determinadas dinámicas, la violencia puede adquirir incluso componentes ritualizados vinculados a fantasías de control, degradación o cosificación de la víctima.

Aquí aparece nuevamente la importancia del análisis psicológico-forense: comprender qué comunica la escena más allá de lo estrictamente visible.

La ausencia de defensa también habla

Uno de los errores más frecuentes en el análisis de hechos violentos consiste en interpretar la ausencia de signos defensivos como ausencia de violencia. Sin embargo, el Protocolo UFEM advierte expresamente que la inexistencia de lesiones defensivas no excluye situaciones de violencia extrema o violencia sexual.

Desde la práctica pericial, existen múltiples factores que pueden disminuir o anular las posibilidades de defensa de una víctima: estados de intoxicación, vulnerabilidad física o psíquica, sometimiento previo, miedo extremo, diferencias significativas de fuerza, ataques sorpresivos, dependencia emocional o situaciones de coerción prolongada.

La psicología forense permite contextualizar esas variables y evitar interpretaciones simplistas o revictimizantes.

Porque muchas veces la pregunta correcta no es: “¿Por qué no se defendió?” Sino:

“¿Qué condiciones hicieron imposible defenderse?”

Vulnerabilidad y asimetría de poder

Otro aspecto central en la investigación de femicidios es comprender que las violencias no operan en el vacío. El Protocolo UFEM destaca especialmente la necesidad de analizar los factores de vulnerabilidad que pueden aumentar la exposición de determinadas mujeres a situaciones de violencia.

Dependencia económica, aislamiento social, discapacidad, antecedentes de violencia previa, problemas de salud mental, consumo problemático, desigualdad material o vínculos atravesados por intercambios económicos asimétricos son variables que pueden incrementar significativamente la situación de riesgo.

Sin embargo, resulta fundamental evitar lecturas moralizantes o estigmatizantes. La perspectiva de género aplicada a la investigación penal no busca juzgar la vida privada de las víctimas, sino comprender cómo determinadas condiciones fueron aprovechadas por el agresor para ejercer control, dominación y violencia. Esta diferencia es esencial. Porque durante décadas muchos procesos judiciales analizaron a las víctimas antes que a los victimarios: cómo vestían, con quién se relacionaban, qué hacían, dónde estaban, qué consumían o por qué permanecían en ciertos vínculos.

El foco debe colocarse sobre la conducta del agresor y sobre las dinámicas de poder que estructuran la violencia.

La protección de las víctimas sobrevivientes

Pero además, implica una obligación concreta de protección hacia las víctimas sobrevivientes. Resulta fundamental implementar medidas eficaces de protección frente al agresor, especialmente en aquellos casos donde existen antecedentes de amenazas, hostigamiento, control coercitivo o violencia previa, dado que el riesgo suele incrementarse cuando la mujer intenta cortar el vínculo o denunciar.

En este contexto, el acceso a un juicio justo también constituye una forma de reparación. Un proceso judicial atravesado por estos lineamientos permite visibilizar lo ocurrido sin responsabilizar a la víctima por la violencia sufrida, evitando lecturas estereotipadas y posibilitando que tanto el entorno social como el ámbito judicial puedan comprenderla verdaderamente como víctima de una dinámica de violencia y dominación.

Asimismo, la asistencia psicológica especializada ocupa un lugar esencial en los procesos de reparación. Las secuelas subjetivas derivadas de la violencia de género no finalizan con el cese de la agresión física. El miedo, la culpa, la dependencia emocional, el trauma y los efectos psíquicos del sometimiento requieren abordajes clínicos específicos y sostenidos en el tiempo.

Construir hipótesis interpretativas

Por otro lado, investigar femicidios exige algo más que describir hechos: exige construir hipótesis interpretativas.

Aquí la psicología aplicada a la investigación criminal aporta una herramienta decisiva: la posibilidad de integrar elementos aparentemente dispersos en una lectura dinámica y contextual:

  • Una amenaza previa puede adquirir nuevo sentido cuando se la vincula con la escena final.
  • Un patrón de hostigamiento puede explicar la conducta de sometimiento de la víctima.
  • La modalidad lesiva puede revelar necesidades subjetivas de dominio o humillación.
  • Una manipulación económica puede constituir una forma de coerción psicológica.
  • La violencia extrema puede expresar mucho más que ira.

Pensar hipótesis no implica especular arbitrariamente. Implica construir inferencias fundamentadas a partir de indicadores objetivos, conocimiento científico y comprensión clínica de las dinámicas violentas.

En la práctica judicial todavía persiste cierta tendencia a privilegiar exclusivamente la prueba física directa. Sin embargo, los femicidios —y especialmente las tentativas de femicidio— exigen ampliar la mirada probatoria. El Protocolo UFEM enfatiza la necesidad de una investigación exhaustiva y con amplitud probatoria, incorporando testimonios de familiares, amistades, antecedentes de violencia, mensajes, cambios conductuales, patrones relacionales y análisis contextuales.

La subjetividad también deja rastros

El miedo deja rastros; el control deja rastros; la dominación deja rastros. Y muchas veces esos rastros aparecen en relatos aparentemente secundarios: “me dijo que tenía miedo”, “sentía que la seguía”, “quería dejarlo”, “la controlaba”, “decía que era de él”. Frases que integradas dentro de un análisis psicológico y criminológico permiten comprender la verdadera dimensión de la violencia.

Investigar femicidios implica comprender cómo opera la violencia de género en la subjetividad, en los vínculos y en las dinámicas de poder. Implica escuchar aquello que históricamente fue minimizado. Leer aquello que muchas veces no aparece explícitamente. Y construir interpretaciones que permitan visibilizar la violencia allí donde durante años sólo se vieron “problemas de pareja”, “celos” o “conflictos privados”.

La psicología forense tiene un rol esencial en ese proceso: porque allí donde solo se ven hechos aislados, el análisis psicológico puede encontrar patrones; donde se ve descontrol, puede aparecer dominación; donde aparece impulsividad, puede existir cosificación; Y donde se interroga por qué una mujer no escapó, la psicología puede explicar cómo opera el miedo, la dependencia, la manipulación, y el sometimiento en contextos de violencia.


Pensar los femicidios desde una perspectiva psicológica no sólo colabora con las investigaciones judiciales. También constituye una forma de reparación simbólica. Porque permite devolver sentido a aquello que la violencia intentó borrar: la subjetividad de las víctimas.