En El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, Florentino Ariza atraviesa años, rechazos y una realidad que una y otra vez parece alejarlo de Fermina Daza. Podemos discutir muchas de sus decisiones, pero hay algo que siempre me resulta sorprendente: la convicción con la que sostiene aquello que desea a pesar del tiempo y de los innumerables reveses.

Y después está La tregua, de Mario Benedetti, una historia que me parece extraordinaria precisamente por su simpleza.

Hay en ella una especie de exceso de realidad. Sus personajes tienen miedos, dudas, frustraciones y pequeñas felicidades en las que resulta muy fácil reconocernos.

Y eso es algo que admiro especialmente de estas historias: cómo logran poner en palabras cosas tan simples y humanas y, al mismo tiempo, hacernos sentir tan identificados con ellas.

Hasta el amor aparece despojado de grandes demostraciones. A Martín Santomé le alcanza con que Avellaneda le dé la mano para sentirse querido. Y eso me parece maravilloso: a veces no hace falta demasiado cuando tenemos claro lo que deseamos.

Hay una escena que representa especialmente esta idea de animarse: la del 17 de mayo, mi favorita de La tregua.

En ella, Benedetti consigue llevar una declaración de amor a una enorme intensidad sin volverla grandilocuente. Y eso es, justamente, una de las cosas que más me apasionan de esta historia: la simpleza con la que logra expresar sentimientos tan profundos.

Santomé decide correr el riesgo aun siendo consciente de todo aquello que podía separarlos: la diferencia de edad, los prejuicios, el temor al ridículo y la posibilidad de no ser correspondido. Y, a pesar de sus dudas y sus nervios, se anima a decirle simplemente:

“Creo que estoy enamorado de usted.”

Y Avellaneda también deja claro lo que siente.

Sin grandes declaraciones ni demasiadas palabras, los dos son claros con aquello que sienten. Y tal vez sea justamente esa simpleza la que convierte este momento, para mí, en una de las declaraciones de amor más románticas: no necesitan decir demasiado para expresar tanto.

Ninguno podía saber qué sucedería después. Simplemente se animaron.

Pero hay algo más que me interesa de ese momento: Santomé no desconoce aquello que puede separarlos. Lo ve, lo piensa y sabe que existe. No se trata entonces de un deseo impulsivo, sino de poder concederle prudencia al deseo sin apagarlo. Reconocer los obstáculos y, aun así, decidir qué hacer con aquello que sentimos.

Y tal vez eso sea lo que más me gusta de estas historias. Sus personajes se permiten ir detrás de aquello que desean aun sin tener ninguna garantía sobre el resultado.

También se animan a atravesar ciertos prejuicios. Martín y Avellaneda no permiten que la diferencia de edad decida por ellos. Florentino tampoco parece temer demasiado al ridículo, al rechazo o incluso a sostener durante años un amor que podía no ser correspondido.

Se exponen. Se arriesgan. Y no parecen avergonzarse de aquello que sienten.

No siempre consiguen lo que quieren. De hecho, parecen haber aprendido más a perder que a ganar.

Pero hay algo que conservan a pesar de las frustraciones: la capacidad de seguir deseando.

Y eso me parece profundamente humano.

El deseo también necesita un cauce

Animarnos no significa actuar impulsivamente ni hacer cualquier cosa simplemente porque la deseamos.

El deseo es importante. Nos moviliza, nos orienta y muchas veces nos permite perseverar cuando aparecen dificultades. Pero para poder decidir qué hacer con él necesitamos algo más: conocernos.

Saber qué queremos, qué buscamos, qué estamos dispuestos a intentar y también cuáles son nuestros límites.

Porque no todo deseo tiene que convertirse inmediatamente en una acción. A veces será necesario avanzar; otras, esperar, aceptar un no, cambiar de camino, detenernos e incluso renunciar.

Y ahí está, para mí, la diferencia entre actuar por impulso y elegir con libertad.

El fracaso no siempre es no conseguir aquello que queremos. Podemos intentarlo y que no resulte, amar y no ser correspondidos, perseverar y encontrar un límite.

A veces el verdadero fracaso puede estar en renunciar antes de haberlo intentado solamente por miedo a que las cosas no salgan como esperamos.

Por eso me gusta tanto la frase “seamos libres”.

Pero le agregaría algo antes:

conozcámonos.

Conocernos nos permite justamente eso: concederle prudencia al deseo sin apagarlo, darle un cauce y elegir qué hacer con aquello que sentimos.

Porque animarse tampoco significa improvisar. Florentino, con todos sus excesos y contradicciones, no es precisamente un improvisado: espera, persevera y sostiene durante años aquello que quiere.

Conocernos puede ayudarnos justamente a eso: a reconocer qué deseamos, pensar qué queremos hacer con ello y decidir qué riesgos estamos dispuestos a asumir.

Tal vez esa sea la invitación:

conocernos lo suficiente y, así, ser más libres para poder elegir.