Vivimos bastante acostumbrados a medir lo que hacemos por sus resultados.
Ganamos o perdemos. Nos eligen o no. Alcanzamos aquello que buscábamos o quedamos lejos. Un proyecto funciona, un esfuerzo es reconocido, una decisión produce el efecto esperado. El resultado parece ofrecernos una respuesta rápida acerca de cómo nos fue. El problema aparece cuando empezamos a utilizarlo también para juzgar cómo actuamos, cuánto valió lo que hicimos o incluso cuánto deberíamos cambiar de nosotros mismos.
Porque perder no significa necesariamente haberlo hecho mal, del mismo modo que ganar tampoco significa necesariamente haberlo hecho bien.
Entonces vale la pena hacerse una pregunta:
¿Y si el resultado no fuera la única medida?
Podemos jugar un gran partido y perder. Prepararnos muchísimo para algo y no ser elegidos. Trabajar con responsabilidad y no recibir reconocimiento. Querer bien a alguien y no ser correspondidos.
Porque hacer las cosas bien no garantiza obtener aquello que esperamos.
Hay una parte del resultado que depende de nosotros y otra que pertenece al afuera: a las decisiones de los demás, a las circunstancias, a sus preferencias, a sus propios intereses o simplemente a que otro lo hizo mejor.
Por supuesto que un resultado adverso puede llevarnos a revisar lo que hicimos. Podemos aprender, corregir errores, modificar estrategias y descubrir que algunas cosas necesitan cambiar.
Pero también existen maneras de hacer las cosas con las que nos identificamos. Formas de trabajar, de relacionarnos, de competir, de tomar decisiones o de conducirnos que hablan de quiénes somos.
A veces incluso podemos saber qué tendríamos que hacer para aumentar nuestras posibilidades de ganar y, sin embargo, preferir hacerlo a nuestra manera, aun sabiendo que probablemente el resultado no sea el esperado.
No necesariamente por obstinación. Simplemente porque hay formas de ganar en las que quizás ya no nos reconocemos.
Puedo obtener un resultado favorable negociando algo que para mí era importante o actuando de una manera que no representa cómo quiero hacer las cosas. Y también puedo perder habiendo sido fiel a mi forma de pensar, de trabajar y de conducirme.
Entonces, ¿cuál de los dos resultados representa verdaderamente un fracaso?
En mi propio trabajo puedo pensarlo con bastante claridad. Como perito psicóloga, puedo realizar una evaluación con responsabilidad, sostener mi imparcialidad, fundamentar técnicamente mis conclusiones y trabajar de acuerdo con mi formación y con aquello que considero que implica ejercer bien mi profesión.
Después, esos elementos podrán ser valorados e interpretados de otra manera, y la decisión final incluso puede no coincidir con aquello que yo esperaba.
Pero esa decisión posterior no modifica la manera en que elegí hacer mi trabajo.
Y creo que esto puede trasladarse a muchos aspectos de nuestra vida.
Podemos perder y estar conformes con la manera en que actuamos. Podemos ganar y, sin embargo, no sentirnos orgullosos de cómo llegamos hasta allí.
Por eso, tal vez éxito y fracaso no deberían definirse solamente desde aquello que socialmente solemos asociar con ganar o perder.
Existe también otra medida, mucho más íntima, que tiene que ver con poder preguntarnos:
¿Fui fiel a aquello en lo que creo?
¿Estoy de acuerdo con la manera en que actué?
¿Me reconozco en la persona que fui mientras intentaba conseguir aquello que quería?
Y ahí aparece, para mí, otra manera de pensar el fracaso.
El verdadero fracaso puede no estar en perder, sino en dejar de ser fieles a nosotros mismos solamente para ganar.
Ser fieles a nosotros mismos no significa permanecer siempre iguales. También implica revisarnos, aprender, reconocer errores y modificar aquello que sea necesario.
Pero una cosa es cambiar porque hemos aprendido algo y otra muy distinta es hacerlo simplemente porque nuestra forma de actuar no produjo el resultado esperado.
No quisiera dejar de ser responsable porque alguna vez mi responsabilidad no fue reconocida. Ni dejar de esforzarme porque alguna vez perdí. Ni modificar aquello que considero importante de mi manera de hacer las cosas simplemente porque, en una ocasión, me dejó en desventaja.
Porque entonces el resultado habría terminado teniendo demasiado poder sobre mí.
Tal vez madurar también implique aprender a distinguir qué necesitamos cambiar y qué queremos conservar de nosotros mismos, aun cuando no nos haya llevado a ganar.
Por eso, frente a un resultado adverso, tal vez no alcance con preguntarnos:
“¿Conseguí lo que quería?”
También podríamos preguntarnos:
“¿Estoy de acuerdo con quién fui y con cómo actué mientras intentaba conseguirlo?”
Porque ganar importa. Claro que importa.
Pero no a cualquier precio.
Hay derrotas después de las cuales podemos seguir reconociéndonos en lo que hicimos, y victorias en las que quizás descubramos que para conseguirlas nos alejamos demasiado de nosotros mismos.
Hay una frase que me gusta mucho y que resume, en gran parte, la idea de este artículo:
“Lo que uno consigue al llegar a su destino nunca es tan importante como aquello en que se convierte tratando de alcanzarlo.”
Y tal vez por eso valga la pena volver una vez más a la pregunta:
¿Y si el resultado no fuera la única medida?