Hay un personaje de La isla bajo el mar, de Isabel Allende, en el que pienso desde hace tiempo.

De todos los personajes de la novela, Violette Boisier fue el que más permaneció en mí. No solamente por su historia, sino por la personalidad que Allende construye para ella y por algo que, mucho tiempo después de haber leído el libro, todavía me resulta profundamente interesante: Violette parece saber quién es, aun cuando el lugar que la sociedad le asigna podría haber intentado decirle exactamente lo contrario.

Violette es una cortesana. Una mujer situada en una época en la que las posibilidades femeninas eran profundamente limitadas y en una sociedad atravesada por diferencias de género, raza, clase y condición social. Pero para comprender realmente la fuerza del personaje es necesario intentar mirarla desde aquel tiempo y no desde las posibilidades que una mujer puede imaginar para sí misma en la actualidad.

Para una mujer de su origen y de su condición, las alternativas eran escasas. El matrimonio constituía una de las principales formas de alcanzar cierta seguridad y reconocimiento social, pero tampoco todas las mujeres tenían las mismas posibilidades de acceder a él. Mucho menos existía, como podemos concebirlo hoy, la posibilidad de construir con facilidad un proyecto propio a través del trabajo, alcanzar independencia económica y decidir libremente sobre la propia vida.

Y es justamente dentro de esos límites donde Violette adquiere toda su fuerza.

Porque no fue una mujer libre porque su época le ofreciera libertad; fue una mujer que logró construir márgenes de libertad con aquello que su época le permitió tener.

Allende no la coloca fuera de su tiempo ni le concede posibilidades que difícilmente hubiera podido tener. La construye dentro de las reglas de ese mundo y, aun así, Violette encuentra una manera de no desaparecer dentro de ellas.

Desde el lugar que pudo ocupar, hizo algo propio.

Su actividad le permitió obtener recursos, administrar su dinero, tomar decisiones, proyectar su futuro y alcanzar una independencia que para muchas mujeres de aquel momento resultaba difícil de imaginar. Pero lo verdaderamente interesante no es solamente que consiguiera independencia económica. **Es qué hizo subjetivamente con ese lugar. ** No permitió que aquello que hacía se convirtiera en toda su identidad.

No esperó que el reconocimiento social le confirmara su valor.

No necesitó pertenecer a los espacios reservados para las mujeres consideradas respetables para sentirse respetable ante sí misma.

Los hombres podían desearla, pagar por estar con ella, opinar sobre ella e incluso creer que sabían qué lugar ocupaba. Pero ninguno de ellos parecía tener el poder de decirle quién era.

Y allí aparece una diferencia enorme.

Porque una cosa es el lugar que ocupamos en el mundo y otra, muy distinta, el lugar desde el cual nos posicionamos frente a ese mundo.

Violette podía ejercer una actividad que otros juzgaban y, sin embargo, no vivir subjetivamente sometida a ese juicio. Podía relacionarse con hombres sin colocar en ellos la medida de su propio valor. Podía desenvolverse en un mundo construido en gran parte por y para ellos sin entregarles por completo el poder sobre sí misma.

Por eso creo que Isabel Allende hizo algo especialmente hermoso con este personaje: no necesitó convertirla en otra mujer para hacerla libre.

No necesitó borrar su historia, modificar su oficio ni construirla como alguien que esperaba ser rescatada de la vida que llevaba para recién entonces otorgarle dignidad.

Violette ya poseía dignidad.

Ya tenía carácter.

Ya tenía deseos.

Ya tenía capacidad de elección.

Y cuando aparece el amor, hay algo de esa construcción que se conserva.

También resulta hermosa la figura del hombre que Violette elige para compartir su vida. Un hombre para quien su pasado no se convierte en un cuestionamiento permanente ni en algo que ella deba explicar, justificar o reparar. La conoce desde su historia, la respeta en sus decisiones y no pretende definirla a partir de aquello que hizo.

Y eso también dice mucho de Violette. Porque la seguridad con la que se posiciona frente a sí misma aparece también en el hombre que elige. No necesita a alguien que la rescate ni que le otorgue una nueva identidad. Elige a alguien capaz de reconocer a la mujer que tiene delante sin reducirla a su pasado.

Tal vez allí también haya una forma de libertad: poder amar sin sentir que debemos pedir disculpas por quienes hemos sido, y encontrar a alguien que no utilice nuestra historia para colocarnos en un lugar de inferioridad.

Porque cuando una persona no necesita que otro le otorgue valor, puede elegirlo desde un lugar diferente. Ya no se trata de encontrar a alguien que complete una identidad que sentimos insuficiente, sino de encontrarnos con alguien ante quien podemos seguir siendo quienes somos.

Y ahí encuentro una de las construcciones más hermosas que Allende hace del personaje: Violette desafía a su época sin necesitar dejar de pertenecer a ella.

No podía elegir las mismas cosas que una mujer puede elegir hoy. No podía pensar su autonomía con nuestras categorías actuales ni construir su vida con las posibilidades contemporáneas. Pero dentro del estrecho margen que tenía, encontró una forma de decidir, de sostenerse, de hacerse escuchar y de conservar una identidad propia.

Por eso resulta insuficiente definirla solamente como una cortesana.

Ese era su oficio. Ese era, en buena medida, el lugar que la sociedad podía ver.

Pero Violette hizo de ese lugar algo diferente de aquello que los demás podían esperar de ella.

Y quizás sea justamente eso lo que hace que un personaje situado en una época tan distante continúe resultando tan actual.

Porque el lugar que ocupamos no necesariamente dice demasiado acerca de la posición que asumimos frente a nuestra propia vida.

Podemos ocupar lugares de enorme reconocimiento social, ejercer una profesión prestigiosa, tener autoridad, poder o una posición jerárquica importante y, sin embargo, vivir pendientes de la aprobación de otros, actuar según lo que esperan de nosotros o permitir que sean los demás quienes determinen nuestras decisiones.

Y también puede ocurrir exactamente lo contrario.

Alguien puede ocupar un lugar aparentemente menor, poco reconocido o incluso socialmente cuestionado y poseer, sin embargo, una enorme determinación respecto de quién es, qué piensa, qué acepta y qué no está dispuesto a aceptar.

Porque tener poder no necesariamente significa tener autonomía. Y no ocupar un lugar de poder tampoco significa carecer de ella.

Tal vez por eso Violette resulta tan interesante.

Era una mujer que, desde la mirada de su época, difícilmente habría ocupado un lugar de prestigio o autoridad. No tenía un título, un cargo ni una posición que obligara a los demás a reconocerla. Y, sin embargo, Allende la construye con algo que ninguna jerarquía puede garantizar: una profunda autoridad sobre sí misma.

Violette sabe decidir. Sabe poner límites. Sabe qué quiere. Puede escuchar a los demás sin quedar determinada por ellos. Y puede vincularse sin entregar a otro el gobierno de su propia vida.

Entonces la pregunta deja de ser solamente qué lugar conseguimos ocupar.

Podemos ser jueces, médicos, docentes, profesionales, trabajadores o desempeñar cualquier otra actividad. Podemos encontrarnos arriba o abajo dentro de una determinada jerarquía. Pero nada de eso garantiza por sí mismo nuestra libertad.

Lo verdaderamente importante es desde qué lugar interior habitamos aquello que nos toca hacer.

Si nuestras decisiones continúan siendo nuestras.

Si podemos sostener aquello en lo que creemos aun cuando alguien espere otra cosa.

Si el reconocimiento, el cargo, el dinero o la mirada de los demás terminan convirtiéndose en aquello que determina quiénes somos.

Por eso, quizás, la libertad de Violette no se encuentre solamente en las decisiones que tomó, sino en algo anterior a todas ellas: en el lugar desde el cual las tomó.

Tal vez por eso Violette me quedó tanto de La isla bajo el mar.

Porque detrás de una mujer del siglo XVIII, de una cortesana, de un personaje que podría haber sido construido desde el estigma o la dependencia, Allende imaginó una mujer profundamente dueña de sí misma.

Una mujer a la que su época podía intentar definir de muchas maneras, pero que parecía conservar para sí la última palabra.

Y quizá esa sea una de las ideas más poderosas que me dejó el personaje.

No siempre podemos elegir el lugar que ocupamos. Y aun cuando podemos hacerlo, ningún lugar, por importante que parezca, nos vuelve necesariamente libres.

Porque, al final, **no es solamente dónde estamos, sino quién decide por nosotros una vez que estamos allí. ** Y Violette, dentro de todas las limitaciones de su tiempo, parece haber decidido algo esencial:

**que esa última palabra sobre sí misma le perteneciera a ella. **