A veces vivimos mucho más pendientes de la mirada de los demás de lo que creemos.
¿Qué esperan de mí? ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Qué van a pensar? ¿Les gustará lo que hago? ¿Se decepcionarán si digo que no? ¿Seguirán valorándome si pienso diferente?
No siempre nos hacemos estas preguntas de manera consciente. Sin embargo, pueden estar detrás de muchas de nuestras decisiones.
Entonces empezamos a adaptarnos.
Tratamos de ser más agradables, más interesantes, menos sensibles, más seguros, más exitosos, menos conflictivos. Evitamos decir determinadas cosas, explicamos demasiado nuestras decisiones o buscamos señales que nos confirmen que seguimos siendo aceptados.
Y casi sin advertirlo podemos terminar viviendo bajo una especie de lupa imaginaria, observándonos permanentemente desde los ojos de los demás.
Cuando necesitamos demasiada aprobación
Necesitar la mirada de los otros es humano. Todos necesitamos reconocimiento, afecto y valoración.
El problema aparece cuando esa mirada comienza a tener más peso que la propia.
Cuando para sentirnos seguros necesitamos comprobar permanentemente que los demás están de acuerdo con lo que hacemos, que no los hemos decepcionado o que seguimos ocupando el lugar que esperamos tener para ellos.
Desde allí, ser uno mismo puede empezar a resultar riesgoso.
Porque ser uno mismo también significa aceptar que no siempre vamos a gustar.
Que algunas personas pueden no comprender nuestras decisiones. Que alguien puede esperar algo diferente de nosotros. Que podemos decir que no, cambiar de opinión, equivocarnos o elegir un camino que otros no elegirían.
Y que nada de eso necesariamente significa que estemos haciendo algo mal.
Poder decepcionar a los demás
Tal vez una parte importante de crecer sea aprender a tolerar que los demás también pueden decepcionarse con nosotros.
No podemos ser permanentemente aquello que cada persona espera.
Podemos querer, cuidar y respetar a los demás y, aun así, no responder siempre a sus expectativas.
Cuando vivimos tratando de evitar cualquier desaprobación, corremos el riesgo de construir una versión de nosotros mismos demasiado condicionada por la mirada de los demás.
Y entonces aparece una pregunta mucho más importante que “¿qué esperan de mí?”:
¿Qué quiero yo?
No como una posición egoísta ni como una forma de dejar de tener en cuenta a los demás, sino como la posibilidad de incluirnos también a nosotros mismos en nuestras decisiones.
Saber que contamos con nosotros mismos
Quizás una de las formas más profundas de seguridad personal sea justamente esa: saber que contamos con nosotros mismos.
Eso no significa creer que no necesitamos a nadie.
Necesitamos vínculos, afecto, reconocimiento, oportunidades y personas que nos acompañen. Pero necesitar de los demás no significa depender de su aprobación para saber cuánto valemos.
Cuando confiamos en nuestros propios recursos podemos escuchar una opinión sin tener que obedecerla, recibir una crítica sin sentir que nos define, equivocarnos sin pensar que todo está perdido y aceptar que alguien no nos elija sin convertir ese rechazo en una medida de nuestro valor.
También podemos animarnos más.
Porque si sabemos que contamos con nosotros mismos, no necesitamos tener garantizado de antemano que todo va a salir bien para avanzar.
La seguridad de seguir siendo uno mismo
Tal vez la seguridad no consista en no dudar nunca, en poder con todo o en no necesitar a nadie.
Puede ser algo bastante más sencillo: no estar permanentemente bajo nuestra propia vigilancia tratando de convertirnos en aquello que suponemos que los demás esperan.
Escuchar. Cambiar cuando consideramos que tenemos que cambiar. Reconocer errores. Aprender de otros.
Pero también conservar la posibilidad de decir: esto quiero, esto pienso, esto no lo quiero, esto no va conmigo.
No todos van a entenderlo. No todos van a aprobarlo. Y no todos tienen que hacerlo. Algunas veces seremos elegidos y otras no. Acertaremos muchas veces y también nos equivocaremos.
Porque cuando dejamos de necesitar que cada mirada externa confirme nuestro valor, empezamos a vivir con una seguridad diferente.
Porque quererse también es no abandonarse a uno mismo para conseguir la aprobación de los demás.
Es tener la seguridad de saber quiénes somos y poder sostenernos aun cuando las cosas no sucedan como esperábamos.
Y,sobre todo, saber que siempre contamos con nosotros mismos.