Hay personas que desde muy jóvenes parecen tener bastante claro quiénes son, qué quieren y cuánto peso darle a la opinión de los demás. A otras nos lleva mucho más tiempo aprenderlo.
A lo largo de nuestra vida vamos incorporando normas, valores, ideales y también determinadas ideas acerca de lo que se espera de nosotros. Algunas nos son transmitidas de manera explícita y otras las vamos haciendo propias a partir de nuestras experiencias, de las personas con las que nos identificamos y del contexto social y cultural del que formamos parte.
Entre ellas pueden adquirir un peso importante aquellas relacionadas con la mirada de los demás: “qué van a pensar”, “qué va a decir la gente”, “qué se espera de uno”. Son ideas que podemos ir incorporando de diferentes maneras y que, con el tiempo, también pueden formar parte de aquello que esperamos de nosotros mismos.
Y detrás de todo esto puede haber una pregunta que nunca fue formulada de manera explícita, pero que igualmente adquirió mucha fuerza:
¿Qué se supone que espera de mí la sociedad?
Desde una lectura psicológica, podríamos pensar en un superyó más estricto, que nos recuerda con particular intensidad lo que deberíamos hacer, cómo deberíamos comportarnos y aquello que está bien o mal.
El problema es que ese “deber ser” ocupe tanto espacio que terminemos preguntándonos primero qué se espera de nosotros y solamente después qué queremos nosotros.
Una decisión no define quiénes somos
A esto se suman los prejuicios y una idea que puede condicionarnos mucho: creer que cada decisión que tomamos dice algo definitivo acerca de quiénes somos.
Pero una persona es mucho más que una decisión.
Cómo comenzó una relación, qué hicimos porque nos enamoramos, cómo conseguimos determinado trabajo, una equivocación, algo que aceptamos o incluso algo que alguna vez dijimos que jamás haríamos no nos define como personas.
Habla de una decisión tomada en un determinado momento de nuestra vida y bajo determinadas circunstancias.
Cuando creemos que cada acción nos define, decidir se vuelve mucho más difícil. No solamente pensamos qué queremos hacer, sino qué dirá de nosotros hacerlo.
Y ahí los prejuicios pueden convertirse en nuestros propios límites.
Permitirse pensar diferente
Uno de mis ejemplos preferidos está en Orgullo y prejuicio, la primera novela que leí de Jane Austen y, por cierto, mi historia de amor favorita.
Elizabeth Bennet construye una opinión muy firme sobre Fitzwilliam Darcy. Está convencida de lo que piensa y tiene razones para sostenerlo. Sin embargo, llega un momento en el que puede hacer algo que no siempre resulta sencillo: admitir la posibilidad de haberse equivocado.
Revisa aquello que creía tener tan claro, vuelve a mirar, incorpora nuevos elementos y cambia de opinión.
Y cambiar de opinión no hace que Elizabeth deje de ser Elizabeth.
Ahí está justamente lo interesante: su identidad es mucho más grande que una opinión que alguna vez sostuvo.
Si Elizabeth no se hubiera permitido revisar una idea que sostenía con tanta seguridad sobre Darcy, jamás hubiéramos conocido una de las historias de amor más maravillosas de la literatura.
Pero detrás de Elizabeth está Jane Austen.
Nunca deja de sorprenderme que una mujer de su época se haya animado a poner por escrito personajes femeninos que cuestionaban lo establecido, defendían sus propias ideas y se permitían elegir de acuerdo con lo que querían, en una sociedad en la que las expectativas acerca de cómo debía ser y comportarse una mujer tenían un peso muy importante.
Y no solamente se animó a pensarlo. Se animó a escribirlo y a publicarlo.
Hay algo más en sus personajes que todavía hoy me resulta profundamente actual: sus mujeres no aparecen solamente esperando ser elegidas. Tienen criterio propio, deseos, convicciones y una identidad que no depende exclusivamente del hombre que tengan al lado.
Elizabeth puede enamorarse profundamente de Darcy y desear ser correspondida sin que eso implique renunciar a sí misma.
Y no es algo que aparezca solamente en Elizabeth. En Emma, Austen vuelve a presentar, de otra manera, a una mujer cuya vida no está organizada alrededor de la necesidad de encontrar un hombre que la elija.
Por supuesto que los personajes de Austen aman, desean ser correspondidos y construyen vínculos. Pero hay una diferencia que, más de dos siglos después, sigue siendo profundamente actual:
Una cosa es querer ser elegidos por alguien que queremos y otra muy distinta necesitar ser elegidos para sentir que tenemos valor.
Tal vez allí esté también parte de lo que hace que sus historias hayan trascendido su época. El amor puede ser importante sin convertirse en aquello que determina por completo quiénes somos.
Elizabeth puede cambiar de opinión sin dejar de ser Elizabeth. Puede enamorarse sin dejar de ser ella misma.
Ser fieles a quienes somos hoy
Darnos cuenta de todo esto también lleva tiempo.
Hay quienes desde muy jóvenes construyen una gran seguridad respecto de quiénes son y qué quieren, incluso cuando eso no coincide exactamente con lo esperado. A otros nos lleva muchos más años empezar a distinguir entre aquello que realmente queremos y aquello que aprendimos que deberíamos querer.
Y crecer también tiene que ver con eso.
Con poder revisar algunas ideas, prejuicios y mandatos sin sentir que al hacerlo estamos traicionando nuestros valores o dejando de ser quienes somos.
Con entender que podemos haber pensado de una manera y hoy pensar diferente. Que podemos haber querido algo y dejar de quererlo. Que una decisión puede haber tenido sentido en un momento de nuestra vida y no tenerlo en otro.
El verdadero fracaso no está en cambiar aquello que alguna vez pensamos, quisimos o dijimos que nunca haríamos.
Está en permanecer atados a ello solamente por miedo a contradecirnos, decepcionar a alguien o alejarnos de aquello que alguna vez creímos que debíamos ser.
Porque ser fiel a uno mismo no significa sostener para siempre las mismas ideas, elecciones o deseos. Significa poder ser fieles a quienes somos en cada momento de nuestra historia.
Y para eso también hace falta libertad: la libertad de revisar lo aprendido, de cuestionar algunos mandatos, de cambiar de opinión y, sobre todo, de animarnos a vivir de acuerdo con lo que verdaderamente sentimos y queremos, aun cuando eso no coincida con aquello que alguna vez imaginamos para nosotros mismos.
Hay algo profundamente valioso en poder encontrarnos dentro de algunos años y descubrir que ya no pensamos igual, que otras cosas nos importan, que dejamos atrás algunas certezas y construimos otras nuevas.
Que podamos reconocernos en nuestra historia, sin necesidad de reconocernos exactamente en la misma persona que alguna vez fuimos.
Porque crecer también debería dejar huellas.
Y ser fiel a uno mismo también implica darse permiso para cambiar.