Hay pérdidas que podemos comprender con facilidad. Sabemos por qué nos duelen, podemos ponerles palabras y, aunque atravesarlas lleve tiempo, encontramos cierto sentido a lo que sentimos.
Pero hay otras que parecen desbordarnos.
La pérdida de una relación, de un trabajo, de un proyecto, de una oportunidad. Incluso la pérdida de algo que nunca llegamos a tener, pero que esperábamos profundamente: una posibilidad, una respuesta, un futuro que habíamos imaginado.
¿Por qué algunas pérdidas pueden generarnos tanta angustia? ¿Por qué, en ocasiones, aquello que desde afuera podría parecer simplemente una frustración se vive internamente como si algo mucho más profundo estuviera en peligro?
Un artículo guardado durante años
Hace algunos años había guardado para leer el artículo “Crisis de pánico y ataque de angustia”, de la psicoanalista Mirta Moizeszowicz, publicado en Actualidad Psicológica en 1997. Tengo bastante certeza de que llegó a mis manos durante mi época de estudiante. Desde entonces, durante años, lo fui pasando de una agenda a otra, siempre con la intención de leerlo y siempre postergándolo, aunque por alguna razón nunca lo descarté. Hasta que hace poco finalmente lo retomé. Y al leerlo comprendí, quizás, por qué lo había conservado durante tanto tiempo: hubo una idea, dentro del recorrido que realiza la autora sobre las conceptualizaciones freudianas de la angustia, que despertó especialmente mi interés.
Angustia, peligro, desvalimiento y pérdida
Moizeszowicz recupera un planteo de Freud que permite pensar la relación entre angustia, peligro, desvalimiento y pérdida.
En los primeros momentos de la vida, el ser humano se encuentra en una situación de enorme dependencia. Frente a determinadas necesidades o estímulos que todavía no puede resolver por sí mismo, necesita de otro que intervenga.
Es ese otro —inicialmente la madre o quien cumple esa función— quien alimenta, calma, protege y pone fin a situaciones que el niño todavía no tiene recursos para tramitar solo.
La experiencia va dejando entonces un aprendizaje fundamental: algo que se encuentra afuera puede ayudarnos a poner fin a aquello que internamente vivimos como peligroso o desbordante.
Y es aquí donde aparece una idea particularmente interesante.
Cuando ese objeto exterior adquiere la capacidad de ayudarnos frente al peligro, comienza también a adquirir importancia su posible pérdida.
El peligro ya no reside solamente en aquello que nos desborda. También puede estar en que aquello que nos ayudaba a enfrentarlo deje de estar disponible.
Por eso, siguiendo el desarrollo freudiano, Moizeszowicz señala cómo el contenido del peligro termina desplazándose hacia la pérdida del objeto.
Los objetos que nos sostienen
Esta formulación, pensada inicialmente en relación con los primeros tiempos de la vida, abre para mí una pregunta que excede ampliamente aquel momento:
¿Qué sucede después, a lo largo de nuestra vida, con aquellas personas, actividades, proyectos o expectativas que van adquiriendo para nosotros una función semejante?
Porque crecemos, adquirimos autonomía y desarrollamos nuevos recursos, pero seguimos construyendo nuestra vida en relación con otros y con aquello que encontramos en el mundo.
- Una pareja puede brindarnos amor, seguridad, reconocimiento o compañía.
- Un trabajo puede representar mucho más que un ingreso económico: puede darnos independencia, identidad, pertenencia, valoración y la sensación de ser capaces.
- Un proyecto puede organizar nuestros esfuerzos y darle dirección al futuro.
- Una expectativa puede sostenernos durante mucho tiempo porque nos permite imaginar que aquello que deseamos finalmente será posible.
Todos ellos son diferentes. Sin embargo, pueden compartir algo: encontramos afuera algo que nos permite satisfacer una necesidad, alcanzar un deseo, sentir seguridad o tramitar algo que internamente nos resulta difícil.
Perder la manera de estar bien
Y entonces podemos comprender un poco mejor por qué perderlo puede resultar tan angustiante.
Porque quizás no perdemos solamente una persona, un trabajo, un proyecto o una oportunidad.
También podemos sentir que perdemos la manera que habíamos encontrado de estar bien.
La pregunta deja de ser únicamente “¿cómo hago para aceptar que esto ya no está?” y aparece otra, mucho más profunda:
“¿Cómo hago ahora sin aquello que me ayudaba a resolver esto?”
Tal vez allí podamos comprender algo de la intensidad de ciertas pérdidas.
Desde afuera, alguien podría decir: “era solamente un trabajo”, “esa relación ya no funcionaba”, “habrá otra oportunidad”, “ese proyecto no salió, podrás intentar otra cosa”.
Y probablemente todo eso sea cierto.
Pero la realidad psíquica no funciona únicamente con la lógica de los hechos.
Aquello que perdimos podía estar sosteniendo mucho más de lo que resultaba visible: nuestra seguridad, nuestra autoestima, nuestra independencia, el sentimiento de pertenecer, una forma de reconocernos o la esperanza de alcanzar algo que deseábamos profundamente.
Por eso, cuando desaparece, puede reaparecer algo del desvalimiento.
No necesariamente porque realmente hayamos quedado sin recursos, sino porque subjetivamente podemos sentirnos nuevamente frente a algo que no sabemos cómo resolver.
La pérdida de aquello que esperábamos
Y hay todavía otra forma de pérdida que merece ser pensada: la pérdida de aquello que esperábamos.
No necesitamos haber tenido algo para poder perderlo psíquicamente.
Podemos hacer un duelo por una relación que imaginábamos que iba a crecer, por un trabajo que creíamos que conseguiríamos, por un proyecto que no pudo concretarse, por una oportunidad que parecía cercana o por una versión de nuestra vida que habíamos comenzado a construir en nuestra imaginación.
Eso que todavía no existía plenamente en la realidad podía, sin embargo, tener una enorme existencia dentro de nosotros.
Habíamos depositado allí deseos, expectativas, proyectos y, muchas veces, una promesa: “cuando esto suceda, algo va a estar mejor”.
Cuando esa posibilidad desaparece, no perdemos solamente algo que esperábamos conseguir. También necesitamos despedirnos del futuro que habíamos construido alrededor de ello.
Quizás por eso algunas pérdidas resultan difíciles de explicar incluso para quien las atraviesa.
“Sé que no debería sentirme así.” “Sé que no era para tanto.” “Sé que puedo encontrar otra cosa.” “Sé que voy a estar bien.”
Y, sin embargo, la angustia está.
La función de lo perdido
Tal vez el problema sea justamente intentar medir una pérdida solamente por el valor objetivo de aquello que se perdió, cuando lo verdaderamente importante es preguntarnos qué función cumplía eso para esa persona.
- ¿Qué encontraba allí?
- ¿Qué le permitía?
- ¿Qué calmaba?
- ¿Qué deseo sostenía?
- ¿Qué parte de sí misma sentía posible gracias a eso?
Desde esta perspectiva, comprender una pérdida no consiste solamente en mirar aquello que ya no está. También implica comprender qué representaba aquello que se perdió y qué resolvía psíquicamente su presencia.
Mirar las pérdidas de otra manera
El trabajo de Moizeszowicz parte de las crisis de pánico y realiza un recorrido mucho más amplio y complejo sobre las diferentes conceptualizaciones de la angustia. No sería correcto reducir las crisis de pánico a la pérdida de un objeto ni pensar que toda pérdida conduce necesariamente a ellas.
Pero dentro de ese recorrido hay una idea que considero especialmente valiosa para pensar nuestra experiencia cotidiana: la relación entre el peligro, el desvalimiento y la posibilidad de perder aquello que alguna vez nos ayudó a enfrentarlo.
Quizás esto también nos permita mirar algunas pérdidas de una manera diferente.
No para pensar que necesitamos indefinidamente de aquello que perdimos.
Sino para poder preguntarnos, una vez que ya no está:
¿Qué encontraba yo allí que hoy siento que he perdido?
Y tal vez, después de reconocerlo, pueda comenzar otra pregunta:
¿Cómo puedo construir nuevas maneras de encontrar eso que antes encontraba solamente allí?
Porque elaborar una pérdida no significa simplemente aprender a vivir sin una persona, un trabajo, un proyecto o una expectativa.
A veces significa algo todavía más profundo: descubrir que aquello que creíamos que solamente podía venir de afuera puede empezar a encontrar otras formas, otros vínculos, otros proyectos y también nuevos recursos dentro de nosotros mismos.
Tal vez allí, donde inicialmente sentimos que quedábamos nuevamente desvalidos, pueda comenzar también la construcción de una nueva manera de sostenernos.
Referencia
Moizeszowicz, M. (1997). Crisis de pánico y ataque de angustia. Actualidad Psicológica, Año XXII, N.º 249, diciembre de 1997.