Hay una idea que siempre me resultó interesante: el médico lucha contra la muerte, el abogado contra la injusticia y el psicólogo contra la locura.

Pero ¿qué significa realmente “luchar contra la locura”?

Para mí, tiene mucho más que ver con intentar aliviar el sufrimiento y disminuir ese malestar que podría evitarse, ese padecimiento que se agrega al inevitable hecho de vivir.

Tal vez por eso, cuando elegimos una profesión, también elegimos aquello frente a lo cual nos resulta difícil permanecer indiferentes.

Un abogado puede sentirse derrotado cuando pierde un juicio. Un médico, frente a la muerte de un paciente. Y nosotros también podemos sentir algo parecido cuando un paciente recae, abandona el tratamiento, vuelve a ese vínculo que tanto daño le hacía o repite allí donde esperábamos que pudiera elaborar.

Y es justamente en esos momentos cuando también necesitamos recordar cuál es el sentido de nuestro trabajo.

Ver a alguien comprender algo de sí mismo, atravesar aquello que parecía imposible o comenzar a elegir de una manera diferente es, también, parte de aquello que le da sentido a nuestro trabajo.

Porque en ese proceso el analista nunca es el protagonista. Para ser un buen analista tiene que poder correrse de ese lugar y funcionar, de algún modo, como un espejo en el que el paciente pueda mirarse, reconocerse, interrogarse y descubrir aquello que hasta entonces no podía ver.

Nuestro trabajo es acompañar ese proceso para que cada persona pueda comprender un poco más aquello que la determina, para que lo inconsciente no gobierne silenciosamente sus elecciones y para que, poco a poco, pueda ser más libre para decidir sobre su propia vida.

Esto, implica sufrimiento, renuncias, aceptar pérdidas y animarse a enfrentar esos fantasmas que durante mucho tiempo fue necesario mantener lejos.

Por todo eso, en este Día del Psicólogo, celebro también a mis pacientes. A quienes, aun cuando cambiar es difícil, eligen seguir intentando. A quienes se animan a mirar aquello que duele, a cuestionar lo conocido, a enfrentar sus propios fantasmas y a descubrir que muchas veces cambiar también implica renunciar a algo.

Porque hacer terapia requiere valentía. No la valentía de no tener miedo, sino la de animarse a mirar aquello que durante mucho tiempo preferimos no ver y, aun así, intentar hacer algo diferente con eso.

Deseo un muy feliz día a todos mis colegas, especialmente a aquellos que tanto me enseñaron, a quienes siguen enseñándome hoy y a quienes seguramente seguirán haciéndolo.