Hay personajes que, aun sin ocupar el centro de una historia, terminan siendo los que más nos dejan pensando.

Eso me ocurrió con Adela, la secretaria y ama de llaves de Rafael en Lo sagrado, la obra teatral de Julio Chávez.

Una mujer que ha dedicado años de su vida a un hombre que no parece haberle ofrecido aquello que ella esperaba. Un hombre que, lejos de prometerle algo diferente, le deja en claro que no tiene nada para darle.

Sin embargo, ella permanece.

Y es precisamente esa permanencia lo que me resulta más inquietante.

Hay algo en esa permanencia que verdaderamente me incomoda.

Por momentos pienso: pobre Adela. Una mujer que entrega tanto y recibe tan poco. Pero enseguida aparece otra pregunta que me resulta todavía más inquietante: ¿cuántas veces habremos sido nosotros también, aunque en menor medida, un poco Adela?

En el trabajo, en las amistades, en las relaciones de pareja, en la familia. En esos lugares donde permanecemos esperando un reconocimiento que no llega, donde seguimos dando aun cuando sabemos que difícilmente recibiremos aquello que esperamos.

Porque hay deseos que no desaparecen simplemente porque la realidad nos muestre que no pueden concretarse.

Y existe una diferencia importante entre desear algo y quedar atrapados en ese deseo.

¿Qué lleva a una persona a sostener durante tantos años un vínculo en el que no encuentra reciprocidad, reconocimiento ni siquiera esa mirada que tanto espera recibir?

Lo interesante de Adela es que su historia no parece reducirse a la de una mujer que ama a alguien que no la corresponde.

Hay algo más profundo.

Pareciera haber organizado su vida, sus expectativas y hasta su propia identidad alrededor de Rafael. Su lugar junto a él deja de ser simplemente una función o una relación para convertirse en una forma de existencia.

Ella no solamente necesita estar con él. Pareciera necesitarlo para saber quién es ella.

Y ahí aparece una de las dimensiones más complejas de la dependencia emocional: cuando el otro deja de ser alguien con quien compartimos nuestra vida y se transforma en aquello alrededor de lo cual construimos nuestra existencia.

En estos vínculos, la posibilidad de alejarse no implica solamente perder a alguien. Puede vivirse como la pérdida de uno mismo.

Porque, si durante años fui quien esperaba, quien cuidaba, quien estaba disponible, quien sostenía y quien permanecía, ¿quién soy cuando dejo de ocupar ese lugar?

Adela parece atrapada en esa contradicción.

Por un lado, Rafael contribuye a sostener una relación profundamente desigual. Su indiferencia, su posición de poder y la ausencia de reciprocidad forman parte de esa dinámica.

Pero, por otro lado, resulta difícil no preguntarse por la participación de ella en la continuidad de ese vínculo.

Y esto nos lleva a pensar en algo que suele resultar difícil de aceptar: a veces también participamos en la construcción de los lugares que nos hacen sufrir.

Podemos permanecer en relaciones que nos lastiman, sostener expectativas que nunca se cumplen y organizar nuestra conducta alrededor de alguien que no nos elige.

Y con el tiempo, aquello que comenzó como una forma de vincularnos puede convertirse en una manera de definirnos.

La sumisión, en determinadas relaciones, puede llegar a incorporarse de tal manera que la propia persona termina reproduciendo las condiciones que la mantienen en ese lugar.

Tal vez porque salir de allí exigiría algo para lo que aún no se encuentra preparada: construir una identidad que ya no dependa de ese otro.

También me resulta especialmente significativa la cuestión de la mirada.

Adela parece esperar algo que nunca llega. No necesariamente una gran demostración de amor, ni una promesa, ni un reconocimiento extraordinario.

Tal vez simplemente ser vista.

Porque hay una diferencia enorme entre estar presente en la vida de alguien y tener un lugar significativo para ese alguien.

Se puede compartir durante años un espacio, una rutina, una historia, y aun así permanecer emocionalmente invisible.

Y es posible que esa falta de reconocimiento, lejos de producir el alejamiento, intensifique la necesidad de conseguirlo.

Como si cada nueva entrega representara otra oportunidad de obtener finalmente aquello que nunca llegó.

Entonces, cuanto más se ha dado, más difícil parece retirarse. Porque alejarse también puede significar aceptar que tantos años de espera no produjeron el resultado deseado.

Y esa aceptación puede resultar profundamente dolorosa.

Quizás lo más inquietante de Adela sea precisamente eso: que Rafael no necesita prometerle un futuro para que ella continúe esperando.

La expectativa parece sostenerse por sí misma.

Su personaje nos invita a pensar en esos vínculos en los que la dependencia adquiere características casi simbióticas, donde los límites entre la propia identidad y la presencia del otro se vuelven cada vez más difíciles de distinguir.

Y donde la pregunta ya no es solamente por qué alguien no se va, sino qué posibilidades tiene de imaginarse viviendo de otra manera.

Porque no siempre alcanza con reconocer que una relación nos hace daño para poder abandonarla.

A veces, antes de salir de un vínculo, necesitamos poder construir una representación de nosotros mismos fuera de él.

Porque el problema no es solamente dejar al otro, sino poder imaginarse y reconocerse sin él.

Adela me dejó pensando en cuánto de nuestra vida podemos llegar a entregar esperando ser reconocidos por alguien que nunca nos mira de la manera en que necesitamos.

Pero, sobre todo, me dejó una pregunta:

¿Cuánto de nosotros mismos podemos llegar a perder esperando que la realidad nos dé aquello que solo se sostiene en nuestro deseo?

A veces no renunciamos a una espera porque, mientras seguimos esperando, conservamos la ilusión de que nuestro deseo todavía puede cumplirse.